Reflexión de Mario Benedetti – Cuando éramos niños

 

La vida pasa tan de prisa, los años se hacen cortos y a través de ellos vamos cambiando nuestras ideas, nuestras convicciones y la manera de ver la vida… Dichoso aquel que siente haber disfrutado de cada uno de las etapas que ha vivido, sin querer si quiera volver el tiempo atrás para cambiar algo, pera revivir una emoción, una canción o un simple aroma.

 

Por lo general es el mismo tiempo quien nos dice ya después de mucho, que estuvo allí para nosotros mientras nos dedicábamos a colocar etiquetas a futuro. Mientras más jóvenes, mas contacto con el presente, más disfrute y más vida… A medida que el tiempo pasa, más cercana podemos ver la muerte, con más nostalgia vemos el tiempo pasar y muchas veces no queremos despedirnos de esta vida. El solo pensar que quizás nos quede menos tiempo del que hasta ahora hemos vivido nos hace querer abrazarnos a esta experiencia, incluso cuando no ha sido del todo como nos gustaría.

 

Aun con ráfagas de lucidez y reflexiones momentáneas, volveremos a las rutinas y muy probablemente seguiremos dedicándole nuestro valioso tiempo a aquello que no nos llena, que nos hace feliz, que no nos llevaremos al partir de aquí… Aun sabiendo que quizás nos quede poco, no sabremos cómo aprovechar ese añorado tiempo.

 

¿Y si tomamos algunas pistas? hagamos la mayor parte del tiempo lo que nos haga felices, no guardemos los te quiero o los te amo, perdonemos a quien sea necesario, pidamos perdón a quien hayamos herido, no pasemos tanto tiempo durmiendo, el planeta es un lugar maravilloso para descubrir y siempre tiene algo nuevo que mostrarnos… ¿Qué tal si le damos sentido a lo que nos queda de vida? No importa si son 50, 30, 10 años… o quizás un día… Hagamos que el tiempo que nos quede valga la pena y ello solo se logra viviendo desde el corazón… Viviendo intensamente.

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Acá les dejo este poema del querido Mario Benedetti, cuyas obras siempre dejan un sabor de reflexión:

Cuando éramos niños

los viejos tenían como treinta

un charco era un océano

la muerte lisa y llana

no existía.

Luego cuando muchachos

los viejos eran gente de cuarenta

un estanque era un océano

la muerte solamente

una palabra.

Ya cuando nos casamos

los ancianos estaban en los cincuenta

un lago era un océano

la muerte era la muerte

de los otros.

Ahora veteranos

ya le dimos alcance a la verdad

el océano es por fin el océano

pero la muerte empieza a ser

la nuestra.

Por: Sara Espejo – Viajes del Corazón